lunes, 8 de diciembre de 2008

Diatriba de la hamburguesa

—Siempre chatarreando vos. No hay otro lugar donde ir a morfar.

— Voy ahí porque me queda cerca —dijo ella—. Supongo que te tragaste otro Jauretche. Si vos pensás que no comer en MacPato te hace más antiimperialista, vamos muertos. La cuestión es que no tengo ganas de caminar, así que entremos acá.

Juan obedeció y entraron al Mac que está frente al Parque Lezama.

—Qué hacés con eso en la mano —preguntó ella, señalando una libreta de apuntes que él apretaba con ansiedad creciente—. ¿Vas a escribir acerca del chinchulín y su incidencia en la soberanía alimentaria?

—¿Y si hago eso cuál es? Troska de la cajita feliz.

—Supongo que pagarás vos hoy, zapato gauchesco.

—Dale, dale , dejá de bardear y pedí tu porquería universalista. Pero con fritas, por lo menos. Siempre la pedís sola.

—Está bien, pero no me dijiste qué vas a escribir. ¿Estás preparando una tesis medio nacionalista, no?

—Acertaste porque pensaba chancear sobre la bosta que vas a comer.

—¿Y por qué chancear?

—Porque sí, nena.

—¿Lo tuyo navega hacia el excelso tratado o la firme apologética? Hoy querés trabajar con la sorna. Pero estás un poco minimalista por lo que veo.

—Puede ser, puede ser, pero pará de gastarme un rato y dejame carburar, sí.

Ella obedeció, mientras paladeaba su rutinario manjar. Mientras trataba de atisbar lo que escribía su esquivo pero deseado pichón de Scalabrini. Él a veces se lo impedía y a veces la dejaba pispear. Comenzó a delinear con mucha tranquilidad, casi con desgano los rudimentos de su literatura jalonada por el improperio y el denuesto.

—Chupar, saborear, desmenuzar. La fuerza de esos verbos me estremece. ¡Por qué los intelectuales no chuparán los textos, eh!— gritó—. ¿Por qué tanta novela polifónica, entrecruzamiento de géneros? ¡Por qué no volvemos a la literatura costumbrista, carajo!

—¿Se puede saber de qué estás escribiendo?

—La apología del matambre. ¿Conocés eso?

—No. ¿De quién es?

—De Echeverría, mamita.

—¡Qué título extraño!

— A mí también me sorprendió, pero si pensás en el contexto de un país ganadero, no es raro que se escriba un encomio como ése.

—Encomio, ¿por qué encomio?

—Y... sí. Porque hay una reivindicación de lo nacional. A través de la comida, más específicamente del matambre y no del asado. Me parece ver una invocación a la blandura, a lo unitario. Al buen gusto. Porque no es cualquier matambre, sino el que se degusta y se mastica con toda suavidad. El de un novillito pequeño. No el que consumen los rústicos federales.

—¿Por qué rústicos y no bárbaros asesinos?

—Ya, ya salió la troska hamburguesera y sarmientina.

—Claro, se olvidan de la mazorca para poder usarla hoy, ¿no?

—Sí, porque andamos degollando zurdos todos los días.

—Basta, basta. Esta discusión no sirve para nada.

—Pero, ahora no me acuerdo. Vos ibas a escribir sobre la porquería que yo como, ¿no? Y no sobre el matambre del diecinueve.

—Es cierto, hay una sustancia en lo que estoy escribiendo que me atrapa y me deleita. Como el matambre, sabés. Hay dos o tres cositas que me suscitan satisfacción. Si querés te las cuento.

—Dale, dale. Dejá de dar vueltas, che. Pasa es que ibas a escribir una diatriba, pero no te animás. Porque sabés que es tan obvio lo que podés decir que no te animás. Porque ya se dijeron tantas veces este tipo de cosas. Es mejor que hables de Echeverría, en vez de andar tirándole al imperio con revólver de cebita.

—Igual lo voy a hacer, porque ya le puse el título. En cuanto a la apología, está muy bien porque barre con esa dicotomía coyuntural que lo perucas usamos en el cuarenta y cinco. Es decir, buenos modales igual proimperialismo.

—Sí, sí, ya sé donde vas. Alpargatas y libros también para los cabecitas negras.

—Bueno, ya que me entendiste, te traigo la ficha de Libres del Sur.

—Ni mamada.

—Te marco otra cosa más, de don Esteban. Se mete en el registro costumbrista y ¡basta de escribir sobre santones y dotores! hablemos sobre este producto bien porteño.

—Qué doctoral que estás para hablar... no estás en la Facultad. Estás en la hamburguesería.

—¿Por qué lo decís?

—No, por eso de "suscita" parece que estuvieras dando una clase.

—Ah, tenés razón.

—No puedo evitar este tono profesoril, sobre todo porque necesito ahondar en el siguiente detalle: Echeverría habla de una materia roja que da cierto dejo particular a toda carne, cocida o asada. Es indudable que es la sangre, pero él la llama osmazomo. Creo que ahí hay una clave que voy a tratar de descifrar. Venía con intenciones de lanzarme de cabeza contra la hamburguesa.

—Che, che, che. Por qué no tratás de evitar esas rimas tan sonsas. Bueno, pero empezá de una vez con tu encendida defensa de lo nacional. Entiendo que hay algo de verdad en lo que decís, en cuanto a que cierta ofuscación hamburgueseril no me va a llevar a ninguna parte.

—De todos modos, contra esa estandarización del placer, voy a espetarte a vos en qué consiste, aunque ya te lo estoy anticipando con esta expresión, sinceramente no es el escherichia coli lo que considero muy grave, aunque hay muchas otras cosas que contaminan y por más nacionalistas y ecologistas que nos sintamos no le ponemos tanta injundia para combatirlas. Tampoco la aculturación que esto representa, que para mí es por momentos desesperadamente importante, aunque yo sí creo en lo territorial como expresión de lo materno. Y lo creo profundamente, sabés. Aunque no me da para armar un Frente de Liberación Nacional, que sea armado o desarmado. Lo que me exaspera verdaderamente es la pérdida del gusto, me refiero a esa suerte de adormecimiento de esas células del paladar y de todo lo que tiene que ver con la degustación. ¿Te imaginás un catador de vino acompañando esa excelsa práctica con la ingesta de una basura como ésta? Por otra parte, tengo una hipótesis. Sé que vas a decir que soy un fundamentalista o exagerado. Psicópata. Decime lo que quieras. Sé que esta insensibilización empieza por este lugar y termina, o deriva, en esa suerte de enajenación que hace que no nos importe los que mueren de frío en el invierno en la calle, los que comen de la basura, el millón de muertos en Irak, ya que no nos podemos imaginar los muertos por incineración, seguramente que los militantes políticos tenemos la culpa de eso, los de mi generación y los anteriores, porque jodemos con ese asunto, pero la gente lo percibe como una mera proclama. Y nada más. Pero creémelo en serio, flaca. Siento escozor ante la tortura. Francamente pienso que nos hemos vuelto zombies, autómatas, y, aunque sé que el dolor no puede ser experimentado de la misma manera por quien lo padece, que por el que lo mira por tevé, aunque estés a pocos centímetros de distancia, no importa, eso es intransmisible, pero yo siento la necesidad de no callar ante esto, y como tengo poca chance de actuar me infrinjo a mí mismo el castigo de la agudeza, y, aunque creo que no lo logro, al menos creo que no estoy tan errado en la percepción de que esto tiene un sentido prelatorio ascendente, como te lo describí recién. Y aunque se que voy a sucumbir en esta ingenua aspiación a hacer algo, sé que como intelectual no puedo hacerme el distraído. Bueno me cansé, así que pedime un combo de la hamburguesa más grande que se pueda conseguir.

—Sabía que ibas a terminar así —dijo sintiendo que su admiración por él aumentaba.

—Ya que aflojás, por qué no te das vuelta como una media, pero para el otro lado.

—Y vos, por qué no agarrás los fierros.

— Mirá, es interesante tu pregunta. Algunos dicen que no sirve. Yo digo que no tengo ganas. No puedo discernir si sirve o si no. Porque a San Martín le sirvió. Y tampoco puedo decir si es otro contexto histórico. Simplemente, no se me canta. Tampoco estoy diciendo que eso sirva, entendeme bien.

—Claro que te entiendo, y, aunque te siento sincero, creo que vos y yo tenemos mucha facilidad para hablar de debilidades de los otros, pero no de las nuestras.

—Desde ya.

De pronto como si la realidad lo compeliera a poner en sintonía sus dichos y sus hechos escuchó unos gritos. Vio que un policía tomaba violentamente a un niño de seis años, mientras le gritaba: Ahora vas a ver, ladrón de mierda. Entonces, Juan Devaneo se encaró con el azul, que sacó el arma y disparó.

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