lunes, 27 de octubre de 2008

Muerte del avatar

La tasa espera la mano, la boca el café, la hoja la firma. Pero él no se mueve, permanece sentado con la mirada fija en el humo del aguachento brebaje. Un ansia de disolución lo envuelve, pero esta vez no es el frecuente sopor mañanero, que generalmente atraviesa sin dificultad. De pronto, recuerda que soñó con guadañas, hachas y topadoras que parecen dirigirse contra él de modo persistente. Ahora lo despabila la voz de Owen.
—Se siente mal, divino maestro.
—Puede ser.
A veces Caprili recrimina a Owen esas expresiones. Hoy es lo más sublime que puede escuchar.
—Pregunta el señor Clark si ya firmó.
—Todavía no
—Dice que ya no hay tiempo.
—Que se vaya a la mierda.
Roza la tasa con la yema de los dedos, la deja. Está indeciso, agarra la lapicera, la deja. Camina por la habitación del Waldorf y recuerda las imprecaciones que vertió ayer en la reunión de Directorio. Que revienten, gritaba. Que los aguante Lula, que Malthus los bendiga o que se los lleve el Shemansha. Que me importa. Entonces, por qué no firmé, piensa.
Una estela negra y amarga comienza a cubrir su mente, al tiempo que leves puntadas azuzan sus vísceras. Siente un intenso placer erótico. Una imagen exuberante aparece en su retina: una garota de dimensiones infartantes que por momentos se aniña y sus formas pierden voluminosidad. Pero el placer no cesa. Soy Zamba Lelé, ella musita al oído de Caprili. Mi padre es João Brites y trabaja en la Volkswagen.
Caprili y la garota hacen el amor con desesperación. Luego, ella se desvanece. Entonces, Caprili toma la lapicera de oro y firma los despidos. Ese sería el último acto de su certeza existencial. El dispensador de las mieles de la abundancia y prodigador de las hieles de la miseria a los débiles percibe su final. Instantes después yace sobre su cama, custodiado por la demacrada figura de Owen, que enciende la pantalla: Zamba Lelé disparaba en la frente de Owen.
Owen comprendió todo. Caprili no era más que la creación de un súcubo viviente que pergeñó una venganza cibernética.

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miércoles, 22 de octubre de 2008

Cargado con arena

Un bolonqui la sala. Las enfermeras lloraban, en cambio los pibes nos poníamos eufóricos. Yo con delay porque no lo veía. Después aprendí que cuando había alboroto era porque hoy se jugaba a los cowboys, pero en serio.
Yo dormía casi todo el día, así que sólo escuchaba jugar. Pero me despertaba cuando este tipo hacía sus joditas o ponía sus marchas militares.
Pasaba que eso nos sacaba de la rutina, inyecciones, remedios y kinesiólogos que te estiraban las patas hasta que te cagabas del dolor.
Un día trajo uvas. Le convidó a una mucama que según él era muy angurrienta. Le había inyectado vaselina. Otra joda me involucró a mí directamente. Porque me sacó del caño. No del caño que se baila hoy, sino del pulmotor. Así le llamábamos. Y me puso en el suelo para asustar a Isabel. Una devotísima de Juan XXIII. Yo tenía que hacerme el muerto. Y cumplí. Fui el héroe de la sala, volví a mi apoliyo lungo.
Hubo un domingo en que conocí el odio. Fue cuando me dijo que había una bomba:
—Butler, hay una bomba acá y nosotros nos rajamos, vos te vas a quedar, total pa' lo que vas a durar, mejor que crepes hoy.
Pero yo le puse la tapa a muchos, entre ellos a él que capotó a los pocos días esperando mi temprano espiante.
Un tipo jodido ese Santa Fe. Jodido y divertido a la vez. Esto último para algunos. No parecía enfermero, menos cuando se sacaba el guardapolvo y pelaba el bufoso.
Cargado con arena, decían algunos.
Yo no sé.

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leo

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